Tailandia: Bangkok.

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Escribo esta entrada desde Tailandia, donde permaneceré una semana más. Pero como todavía tengo frescas mis impresiones, seguro que si os cuento cosas ahora son más fidedignas que dejando pasar el tiempo.

Volamos la semana pasada con Fly Emirates, con escala en Dubai. El vuelo bien, tampoco nada del otro mundo. Había escuchado hablar mucho de la comodidad de esa compañía y supongo que la gente viajaría en Bussines, porque en clase económica nada de otro mundo. Es cierto que hay bastante espacio para las piernas, pero a cambio son asientos muy estrechos. El aeropuerto de Dubai igual. Desconozco las comodidades de la zona vip, pero mi terminal era corriente y moliente, como cualquiera. Tampoco vi la locura que algunos dicen, que poco menos que tienes que pasar viviendo allí una semana para moverte de una puerta a otra y no perder el avión. Salvo que la escala sea mínima, llega el tiempo de sobra. La comida del avión bien y por cierto, dan cubiertos de verdad.

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Comida de Fly Emirates, el pollo estaba muy bueno

Aterrizamos por fin en Bangkok y tuvimos que hacer una cola de más de una hora para pasar los controles de inmigración. Horrible. Cientos de personas hacinadas en una fila interminable, con el aire acondicionado helador apuntándote al hocico. Desesperante. En mi vida había visto un sistema más ineficiente. Para colmo tenía una familia coreana detrás y la matriarca era una ceporra que literalmente se nos colgaba de la chepa, es que la tenía pegada a mí como una lapa, empujando con el cuerpo y todo. Comencé a dar pasos atrás intencionadamente a ver si me la sacudía, pero nada. Mi marido se colocó delante de ella y le espetó el mochilón en los morros, pero igual le daba. No sé si quería colarse, que era lo que parecía en muchos momentos o es que era imbécil y grosera, pero qué hora y media maaaaaas larga.

Por fin salimos y acudimos en busca del servicio público de taxis que ofertan en un tenderete situado en el primer piso. Todo correcto, lo tienen bien montado.

Llegamos sin novedad a la calle Rambutri, en las inmediaciones de la famosa calle Kao San, donde estaba nuestro hotel, el Rambutri Village Inn. Un hotel aceptable, sin más. Salimos a buscar un transporte hasta el mercadillo nocturno que en internet afirmaban que se encontraba en las inmediaciones del parque Lumpini. No hubo manera. Todos los taxistas afirmaban que estaba cerrado y se empeñaban en llevarnos al mercado de Patpong, al que no queríamos ir. Nunca descubrimos si estaba abierto o cerrado, porque esa gente miente más que habla, como habíamos leído y pudimos comprobar. Cenamos un pad thai en un puesto callejero, delicioso y muy barato y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente me levanté agotada y mareada. Estaba incubando un catarro tremebundo aunque entonces aún no lo sabía. Nos dirigimos al Palacio Real y al templo del Buda Esmeralda, que se encuentran en el mismo recinto. Hay que entrar correctamente vestidos, esto es nada de pantalones o faldas cortos ni camisetas de tirantes. Si no tienes prendas largas te prestan lo necesario en la entrada con un pequeño depósito que luego te devuelven. El Palacio no sé muy bien qué me pareció porque caminaba como un alma en pena, completamente agotada y aturdida. Solo después de tomar un café y un coco relleno de agua fresca en la cafetería del Palacio pude reaccionar.

Palacio Real de Bangkok

Palacio Real de Bangkok

A continuación acudimos a ver el templo del Buda Esmeralda y el del Buda Reclinado, donde entregué limosna en los 108 jarros de ofrendas, como marca la tradición.

Nuestro ultimo día en Bangkok lo pasamos en el mercado de Chatuchak, donde hay muy buena comida y numerosas baratijas y artículos de arte para comprar. Estando allí comenzó un diluvio que no pararía en horas, lo que hizo imposible conseguir un taxi que pusiera taxímetro. Sabedores de que la situación de los turistas era incómoda en ese momento, se negaban terminantemente y con sorna, por lo que nos fuimos en metro.

Si bien Bangkok me causó una pobre impresión, todo se cura al llegar a Khao San. Hay un ambiente fantástico, con numerosos puestos de comida deliciosa, donde comí los mejores Pad Thai de mi viaje y muchos otros tenderetes que le dan colorido. Frente a la cara de agobio que tienen los visitantes en cualquier otra zona de la ciudad, acosados por falsos guías turísticos, vendedores, taxistas y conductores de tuctuc, aquí sus sonrisas son relajadas y felices. Increíblemente dentro de ese caos es donde se encuentra un remanso de paz. Paradojas. Sin embargo, conocedores del filón que supone para todos esos buscavidas que subsisten del turismo, se han arreglado para casi aislar esa zona privándola prácticamente de transporte público. Bastante vergonzoso.

Lo malo de ir de viaje sin ordenador es que las opciones para publicar fotos son muy limitadas, así que debo esperar a la vuelta para ilustrar la entrada. Sin embargo tenéis algún aperitivo en mi cuenta de instagram.

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