Recetina de San Valentín: pastel de tortilla ligero

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Sí, estoy a dieta y muchas de mis recetas a partir de ahora van a ser ligeras. No es que no vuelva a poner comida calórica nunca más, pero estoy experimentando bastante para no aburrirme comiendo y voy a compartir con vosotros lo que más me guste. De todas formas si no tenéis problemas con la línea, es fácil adaptar estas recetas a unos ingredientes menos ligeros echando un poquito de imaginación. Las fotos son bastante salchicheras, pero es que la hice para cenar a toda velocidad y debo confesar que no tenía mucha fe en que fuera a quedar rica, pero me sorprendió para bien.

Ingredientes:

  • 2 huevos y 6 claras aparte.
  • Un calabacín pequeño o medio grande.
  • Coliflor. Yo le puse como 250 gramos, congelada, no tenía fresca.
  • Una patata mediana.
  • Jamón cocido.
  • Queso light.

Preparación:

Se trocean las verduras en cubitos. Yo las fui poniendo en un utensilio de silicona por tandas en el microondas para hacerlas al vapor con un poco de sal. El calabacín me llevó 5 minutos, la patata 5 minutos ella sola y otros 4 con la coliflor ya descongelada. Se reserva aparte para que pierda temperatura.

Se baten los huevos y las claras y se añaden las verduras cuando no estén muy calientes para que no cuaje el huevo. Se añade sal y se mezcla bien y se deja reposando unos minutos mientras preparamos el molde.

Forramos un molde apto para microondas con lonchas de jamón cocido. A continuación añadimos la mitad de la mezcla de huevo y patata, cubrimos con queso light y ponemos el resto de la mezcla, distribuyendo bien todo para que quede uniforme.

Lo ponemos a cocinar en el microondas hasta que haya cuajado. A mí me llevó unos 8 minutos. Yo lo tapé con un film de cocina para que no se resecase y lo quité en el último tercio de cocción.

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Y listo para servir! Ya veréis que rico y ligero está, pero también es saciante y económico, así que lo tiene todo. Buen provecho.

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Sí, es de San Valentín solo porque aproveché y lo puse en un molde de corazón, me habéis pillado 🙂

Recetina ligera: Canelones de pescadilla y gambas

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Pues como ya me cuesta entrar por las puertas, he decidido que ha llegado el triste momento de ponerme a dieta. Pero necesito seguir haciendo recetas ricas, aunque sean ligeras. Esta receta realmente engaña mucho, porque la ves y parece una cosa engordante a tope y resulta que no. Está llena de verdura, tiene muy poquita pasta y grasa y además es bastante económica y rinde mucho.

Ingredientes:

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  • 400 gramos de pescadilla. Yo usé congelada.
  • 200 gramos de gambas peladas, también congeladas.
  • Un calamar, sepia pequeña o pota.
  • Dos puerros.
  • Dos zanahorias grandes.
  • Tres dientes de ajo.
  • Dos tomates rallados o tomate frito.
  • Un chorrito de vino blanco (opcional)
  • Tres cucharadas de aceite y una de mantequilla, esta última también opcional.
  • Una cucharada de harina.
  • Medio litro de leche desnatada.
  • Queso en lonchas o rallado light.
  • Un pimiento rojo pequeño o medio grande.
  • Una caja de canelones precocidos.

Preparación:

Lo primero es poner a remojar las placas de canelones siguiendo las instrucciones del fabricante.

Se pican fino los puerros, las zanahorias y los dientes de ajo y se ponen a sofreir con dos cucharadas de aceite. Cuando estén un poco blandos se añade la pota picadita también fina y se sofríe unos minutos. Cuando esté todo pochado se añade el vino, el tomate rallado o frito y se deja reducir. A continuación se añade el pescado y las gambas, previamente escaldados y troceados y se mezcla todo. Se rectifica de sal y pimienta. Se apaga el fuego y se reserva.

Se prepara una bechamel y para ello vamos a trocear el pimiento rojo en tiras y a sofreirlo con una cucharada de aceite y otra de mantequilla. Cuando esté blando se añade una cucharada de harina y se dora bien hasta que esté cocida. Se le pone la leche y se tritura todo con la batidora de brazo hasta que quede bien licuado. Este truco viene genial si eres un poco muñona como yo, que siempre me quedan grumos cuando hago la bechamel. Luego lo ponemos otra vez al fuego y lo dejamos cocer hasta que adquiera la textura deseada y añadimos sal al gusto. Debe quedar una bechamel ligera porque los canelones precocidos absorben bastante cantidad de líquido en el horno.

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Sacamos las placas de pasta del agua y las ponemos sobre un paño limpio. Les damos la vuelta para que escurran bien y vamos montando los canelones, poniendo una buena cucharada de la masa de pescado sobre cada uno. Cubrimos con parte de la bechamel el fondo de una fuente de horno y vamos colocando los canelones distribuídos en ella.

Cubrimos todo con la bechamel restante y le colocamos un poco de queso light por encima, bien sea en lonchas o rallado. Y al horno con ello, 20 minutos a 200º.

Y ya no hay más que hacer que comerlos. La receta da perfectamente para 20 canelones, que son los que vienen en un paquete. Nosotros nos comimos una ración de tres canelones como plato único, vamos, llena bastante, así que con esa pequeña cantidad de pescado salen varios platos. Además la cantidad de pasta y harina es muy pequeña y es baja en grasas, pero lleva una cantidad abundante de verdura, lo que lo hace un plato ideal para una dieta sana y equilibrada. Así que animaos a hacerlos y si os gustan no olvidéis subir una foto a vuestras redes sociales con el hashtag #recetaenrosa. Que aproveche!

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Se me hace la boca agua

Trucos para ahorrar en calefacción?

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Si, amigos míos, el invierno es largo y crudo y la luz, el gas o cualquier otro tipo de fuente calefactante están por las nubes. O eso dicen, porque en mi casa no hay calefacción instalada y, aunque se supone que viviendo en Canarias no se necesita, en un edificio casi sin aislamiento térmico acaba quedándose la casa a 17 o 18 grados y hace frío. Bueno, tengo una estufa de aire y otra de aceite, pero resulta que mi casa no tiene puertas y los tres pisos están conectados, así que ese calor simplemente se esfuma.

Deseosa siempre de probar cosas, decidí intentar entrar en calor sin necesidad de calefacción, con los típicos trucos “de toda la vida” y otros más innovadores para saber si funcionan. Os anticipo que no he probado el de la maceta calentada por una vela que rula por ahí. Fianza fianza no me da, pero si vosotros lo probáis contadme los resultados en los comentarios. Por supuesto que no voy a descubrir la pólvora con estos trucos. Seguro que muchos los conocéis de sobra y los ponéis en práctica a diario, pero solo por si acaso.

El primero es la clásica bolsa de agua caliente. La tengo en tres modalidades. La típica, para meter en la cama, un peluchote para calentar los pies en el sofá o en el trabajo si es que trabajas sentado y sin moverte y una minibolsita para las manos. El funcionamiento es muy muy sencillo. Se le mete agua caliente y a correr. Yo utilizo el microondas o un hervidor de agua para calentarla, ya que la caldera la suelo tener a una temperatura no muy elevada y entonces no transmite suficiente calor dentro de la bolsa. Las precauciones que hay que tener son no llenarla a reventar, sacar en la medida de lo posible el aire que quede dentro aplastándola un poco con la boquilla hacia arriba antes de cerrarla y sobre todo NO PONER AGUA HIRVIENDO. Es muy peligroso. La bolsa puede deteriorarse y tener fugas que os causarían graves quemaduras. Así que agua caliente pero que no escalde. Sobre todo es algo a tener en cuenta con la mini bolsita, ya que parece de un material muy frágil y no me ofrece mucha confianza en ese sentido.

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Donde comprar dichas bolsas, pues la clásica la podéis encontrar con facilidad en grandes superficies. La peluchote la conseguí en Primark hace unos años, pero la he visto en otras tiendas. Seguro que en internet también se consigue. Y la de mano la compré a través de aliexpress, donde hay varios modelos disponibles.

La pregunta es: ¿funcionan? Pues sí, funcionan que se matan. Conservan el calor varias horas y al utilizarlas principalmente en las extremidades que son las zonas que más calor corporal pierden, contribuyen mucho a mantener el cuerpo entonado. También las podéis “abrazar” pero vigilad que no estén muy calientes. La de manos es muy agradable de usar si estáis al ordenador y se os quedan las manos cuajadas porque así las vais calentando cada poco.

Otra opción más moderna son los guantes sin dedos. Tengo dos clases de ellos: los que son un guante abierto sin más, de variados diseños que van del cuqui al sobrio y otros que son calefactables a través de USB. Guau!!! Siglo XXI amigos míos. Los normales tienen un mecanismo digamos poco sofisticado. Te los pones y no hay más. Los otros tienen más enjundia y tienen en el interior una placa que se calienta al recibir la electricidad del cable. Podéis enchufar uno solo o los dos y poner la placa en el dorso de la mano o también en la palma, si no tenéis que agarrar cosas. Al cabo de un par de minutos ya sentiréis el calor y llegan a calentar bastante. No sé si hasta el punto de quemar, porque los desconecté antes, pero sí que la plaquita da bastante calor. Así que como precaución se me ocurre desconectarlos un rato cuando el calor sea intenso, de ninguna manera quedarse dormidos con ellos puestos y enchufados y además yo no los utilizaría en niños.

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¿Funcionan? Bueno, los normales a mí no me sirven, se me congelan los dedos igual. A lo mejor un poco menos pero no para matarse, vamos. Supongo que será mejor que nada pero no mucho mejor. Los eléctricos es innegable que dan calor, pero a mí por lo menos no me ha dado la sensación de que calienten las puntas de los dedos. Tengo pendiente probarlos en la calle en un día realmente frío a ver si ayudan. Los tengo en barbecho y más por el precio que tienen, que no es nada elevado. Yo los compré por unos pocos euros en aliexpress o ebay, aunque en amazón también los tienen.

El tercer truco es la mantita. Suave y cálida mantita. Confortable, socorrida, multiusos y acogedora mantita. Para mí es un imprescindible. Hoy en día las tenemos de una infinita variedad de materiales, desde la lana natural hasta el peluche sintético, pasando por la archiconocida batamanta, muy cómoda para estar en el sofá al ordenador o cualquier otra actividad que requiera el uso de manos o la mantita cola de sirena, muy de moda últimamente. Yo personalmente prefiero las que son de material sintético pero de pelito, tipo polar. Super suaves, muy calentitas, muy cómodas, lavables. Cara a la primavera ya las utilizo de punto, que son menos calurosas pero igualmente acogedoras. Las polares las he comprado en Primark. Son económicas y muy prácticas. Precauciones ninguna, a no ser que se te queden los pies fuera y se te congelen o que te quedes tan a gusto que no te quieras mover más del sofá. It’s a trap!!!

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¿Funcionan? Pero cómo no van a funcionar? Hasta la batamanta funciona. Es un must. No sin mi mantita. Y ya en combinación con la bolsa caliente, oh sí, no querrás dejarlas nunca, baby.

Cuarto truco: otros elementos almacenadores de calor. Aquí hay variopintos, desde las bolsas de semillas, chalecos de barro, mantas eléctricas, bolsas de gel, calentadores eléctricos que acumulan el calor… bueno, de todo hay. Yo he probado algunos y con desiguales resultados. Las bolsas de arroz o semillas, barro o gel, no me han dado muy buen resultado en cuanto a acumular calor, noto que se enfrían con bastante rapidez y es desagradable quedarse a medias cuando te estás calentando. Es verdad que la bolsa de arroz me la hice casera, igual las comerciales de semillas sean más potentes. Que ni fu ni fa, vamos. También he probado una almohada eléctrica del Lidl y, al menos mi modelo, calienta muy poco, apenitas. Si la metes en la cama pues acaba calentándote los pies, pero le cuesta. Lo bueno es que los puedes enroscar en ella y así calientan antes.

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¿Funcionan? Unos más que otros. Recomiendo si acaso el acumulador eléctrico, una buena manta con sus mecanismos de seguridad en orden y ya. Justo lo que yo no tengo, ay.

Y el quinto truco para tener calor en casa sin poner la calefacción es… abrigarse. Ya tu sabes, calcetines de borreguito, zapatillas de bota, pijamas de felpa, sudaderas fluffy, batas polares, monos enterizos y hasta gorros. Todo vale con tal de conservar el calor corporal. Hoy en día hay mucha mucha variedad de prendas para estar en casa que son al tiempo cómodas, bonitas y abrigadas. Además si las compras en rebajas o en tiendas “low cost” también son económicas. Por ejemplo yo personalmente procuro que las zapatillas tengan suela de goma, porque las que son tipo calcetín o con suela de tela transmiten todo el frío y eso que mi casa es de tarima y no de baldosa. La clave es aislar el cuerpo del exterior.

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¿Funciona? Funciona muy bien y además es genial estar en casa con ropa cómoda pero amorosa y a mí que soy tan ñoña además me parece muy cuqui.

Así que ya sabéis, con estos trucos y una buena bebida caliente, el invierno debería pasar por vosotros como si tal cosa. Vale, igual no tanto y además tenemos los puntos flacos de la hora de levantarse, vestirse, ducharse que te pueden dejar cubito. Pero para esos momentos, si nos lo podemos permitir, están los pequeños radiadores o estufas.

Y nada más. Espero que este post os sirva para pasar un mejor invierno sin que las eléctricas o las empresas de gas se froten las manos a nuestra costa, que bastante nos exprimen ya y ahorrar gracias a ellos y de paso ser más ecológicos, que nunca está de más. Espero vuestros comentarios 🙂

Recetina golosa: Cinnamon rolls

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A quien no le gustan los rollitos de canela? Porque a mí me vuelven loca. Y el olor que dejan en la cocina…

Esta receta es ultrafacil y bastante rápida, aunque los tiempos de levado son los tiempos de levado. Pero de mano de obra lleva realmente poca. Y el resultado es fantástico. De eso que te quemas los dedos porque te precipitas a comer antes de que enfríen un poco.

Ingredientes:

1. Para la masa.

  •  1 taza de leche tibia
  •  2 cucharadas de azúcar
  • 80 gramos de mantequilla a temperatura ambiente.
  • Una cucharilla de sal
  • 3 tazas y media de harina
  • Un sobre de levadura seca de panadería
  • 1 huevo.

2. Para el relleno:

  • 50 gramos de mantequilla derretida
  • Media taza de azúcar morena
  • Canela en polvo.

3. Para el glaseado:

  • 100 gramos de queso crema
  • 1/2 taza o 3/4 de taza de azúcar glass
  • Una cucharilla de esencia o extracto de vainilla.
  • 50 gramos de mantequilla blandita (no derretida)

Preparación:

Lo primero es hacer la masa de los rollitos y para ello ponemos en una amasadora todos los ingredientes y la ponemos a dar vueltas al menos 5 minutos. También se puede hacer a mano, por supuesto. Técnicamente la cantidad de harina depende de la humedad que admita, del tamaño del huevo… si tenéis experiencia en masas podéis decidir cuánta hace falta, va de tres a cuatro tazas, pero si no tenéis esa experiencia, con 3 tazas y media la receta os va a salir. Después de bien amasada se deja la masa doblar de volumen entre media hora y 45 minutos tapada con un film o un paño húmedo. Si no tenéis un sitio cálido, un buen truco es poner el horno al mínimo mínimo, apenas encendido unos minutos y luego apagar y meter la masa dentro.

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Dulces que dejan huella

Cuando haya doblado su volumen se extiende en forma de rectángulo. La masa debe quedar bastante fina pero no tanto como para hacer por ejemplo empanadillas. Digamos 1 cm. de grosor. Se pinta con la mantequilla derretida y una brocha hasta que quede todo cubierto y se espolvorea con el azúcar y la canela repartiendo bien por toda la masa.

A continuación enrolláis la masa como si fuera un brazo de gitano con el relleno por dentro. Luego se cortan rebanadas de unos 3 cm. de grosor y se colocan en una bandeja de horno cubierta de papel encerado, con suficiente separación para que al levar no se peguen. Se vuelve a dejar la bandeja en un lugar cálido para que la masa crezca durante otros 45 minutos.

Cuando haya hecho el segundo levado se precalienta el horno a 180º y se meten los rollitos. Se dejan cocinar entre 15 y 20 minutos, según el tamaño que tengan, hasta que la parte superior esté dorada.

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Madre cómo huele aquí

Se dejan enfriar unos minutos y se cubren con el frosting, el cual se hace batiendo bien todos los ingredientes con una batidora de globo hasta que formen una crema suave y homogénea. Y a disfrutar. Quedan increíblemente esponjosos y aromáticos y deliciosos y canelosos y glaseados y engordan todos los kilos del mundo y en ese momento no te importa.

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Y nada más, tenéis que hacerlos! Es una orden. Y si os da tiempo antes de comeroslos todos todos y no dejar ni el recuerdo, no olvidéis hacerles una foto y compartirla en vuestro instagram con el hashtag #recetinaenrosa para que yo lo vea.

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Bajamar y Punta Hidalgo

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Bajamar es una localidad del municipio de San Cristobal de La Laguna. Al estar cerca de Anaga, mucha gente aprovecha para visitar al mismo tiempo ambos lugares. Pero aunque no te llegues hasta Anaga, puedes disfrutar igualmente del lugar.

Una de las cosas por las que destaca Bajamar son sus bonitas piscinas naturales, bañadas por el agua de mar al ritmo de las mareas.

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Bañarme en esas piscinas es una de mis muchas asignaturas pendientes en esta isla, pero siempre que he ido el tiempo no ha acompañado. Sin embargo esto ofrece la oportunidad de contemplar el increíble espectáculo de las olas rompiendo con toda la fuerza contra el muro de las piscinas. Te pasa el tiempo sin enterarte esperando la siguiente ola y la siguiente y la siguiente. Y si encima hace calorcito y sol, pues mejor que mejor.

Al lado de Bajamar podemos encontrar otro pueblo llamado Punta del Hidalgo o Punta Hidalgo. En él destaca el enorme faro, de estilo vanguardista y que contrasta con el azul del cielo y del mar y el negro característico de las rocas de origen volcánico. También cuenta con piscinas naturales.

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Y cómo no, aprovechamos el paseo para comer en un restaurante de cocina canaria, donde disfrutamos de croquetas de pescado, calamares, pescado frito muy crujiente y de postre, por supuesto, un quesillo delicioso.

Espero que si venís por Tenerife no dejéis de pasar por Bajamar y Punta Hialgo y así podáis disfrutar de un buen baño en sus piscinas y playa o si no es posible, al menos sí de su belleza y gastronomía

Recetina navideña: Bocaditos de pasta choux

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Muchas veces nos preguntamos como hacer los canapés de siempre de una forma más especial. Aunque en el mercado existen infinidad de tartaletas, panecillos, galletas o bases, hacerlo uno mismo siempre es más divertido.

Este año me animé con la pasta choux, que tenía muchas ganas de probarla. Aunque se suele asociar a dulces, como los famosísimos profiteroles o los petit choux o “petisús”, se presta muy bien a rellenos salados.

Ingredientes:

  • 4 huevos
  • 140 gramos de harina
  • 120 ml. de agua
  • 120ml. de leche
  • 120 gramos de mantequilla.
  • Una pizca de sal
  • Una cucharilla de azúcar

Preparación:

Bueno, la masa choux es una masa un poco petarda, en el sentido en que si por regla general la repostería es una ciencia exacta en la que hay que prestar mucha atención a la medición de los ingredientes, con esta masa aun más. Lo de usar cuatro huevos es una aproximación, ya que técnicamente serían 240 gramos de huevo. Pero yo tengo un alma chapucera y no tenía ni la menor gana de pesar los huevos para ajustar las proporciones al milímetro. Para evitar desgracias, el último huevo lo batí y lo añadí a la masa en 3 veces para evitar que se me aguase demasiado. También hay quien la hace solo con agua y no con leche.

Lo primero es llevar a ebullición la leche, el agua, el azúcar, la sal y la mantequilla. Cuando esté hirviendo (ojo que se sale) se añade de golpe la harina, previamente tamizada y se quita del fuego. Y a revolver con todas tus ganas. Hay que procurar que no queden grumos. Ahora entra un poco el ojo del cocinero. La masa se ha de despegar por completo de las paredes del recipiente. Si no es así hay que llevarla de nuevo a fuego bajo removiendo con salero hasta que se seque un poco y se despegue.

Se deja templar un poco la masa porque si añadimos ahora los huevos hacemos una tortilla divina. Cuando la masa tenga una temperatura suficientemente baja como para no cuajar el huevo, vamos añadiéndolos uno a uno, integrando bien cada huevo antes de añadir otro. La masa se “cortará” y tendréis al principio grumos de masa flotando en el huevo, una maravilla. Pero no pasa nada, es que la masa es así. Hay que remover con una cuchara de palo o de silicona espachurrando y mezclando todo bien hasta que se vuelva a integrar. Se añade otro huevo y vuelta a empezar. Así con todos y con el último, por si vuestros huevos son demasiado grandes, lo vais añadiendo en partes y mezclando bien en cada parte, ya que la masa debe seguir quedando muy espesa, que le cueste caer de la cuchara. No os paséis de huevo o si no los bocaditos se espachurrarán al salir del horno.

Una vez que la masa ya esté bien lisa, se pone en una manga pastelera y se hacen pequeños bocaditos sobre una bandeja de horno forrada con papel encerado. Es una masa que crece mucho. Yo no lo sabía y me quedaron bocadotes. Se mete en el horno precalentado a 200 grados y se dejan hasta que están dorados. Se puede meter un palillo en alguno para confirmar que están.

Y listo! Más fácil imposible. Ya están prestos a ser rellenados con nata, trufa, crema… o con paté o embutido.

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O como estos que os muestro, con queso crema, salmón ahumado y huevas o más bien, sucedáneo de caviar porque no encontré huevas y que un duende de Navidad se lleva en su barquita a Laponia. Buen provecho!

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Yogyakarta

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A pesar de que no fue nuestro primer destino en este viaje por el sudeste asiático, voy a dedicar mi primera entrada del blog a Yogyakarta. Entramos en Yogyakarta o Yogya, como ellos mismos abrevian, desde Kuala Lumpur, concretamente en un vuelo de Air Asia procedente del aeropuerto KLIA 2, que es desde donde operan las líneas low cost en la capital de Malasia. La llegada al aeropuerto sorprende porque es bastante pequeño y “cutre”, si queremos decirlo así. Después de recoger las maletas de una cinta de la que se caía un equipaje de cada tres y había que ir a pescarlo al suelo, salimos de la terminal y vimos en el recibidor de la misma un mostrador de taxis oficiales, es decir, de los que no se regatean y supuestamente no te timan. Esperábamos ver en el aeropuerto una oficina de cambio para hacernos con rupias y para nuestra sorpresa no había. Así se lo explicamos a la señora del mostrador de los taxis y oh maravilla! ella nos podía cambiar. Así que pagamos con un billete de 20€ la carrera y nos devolvió 190.000 rupias (IDR). Bien, no? Pues no está mal, pero por si vosotros ya contáis con rupias, os comento que hay una empresa de autobuses, llamémoslos urbanos, la Trans Jogja, que comunica estupendamente el aeropuerto con gran parte de la ciudad, así como con los templos de Borobudur y Prambanan. El precio de cada viaje es de 3500 rupias, o sea, casi nada y son autobuses modernos y bien organizados. Aquí os dejo el mapa, aunque no dudéis en preguntar al personal de las paradas, que son muy amables.

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Uno de los principales atractivos para los turistas en Yogya es la calle Malioboro, que es una especie de mercadillo enloquecedor. En esa calle hay desde puestos callejeros, hasta centros comerciales, bancos, puestos de comida, grandes cadenas de fast food, por si no sois intrépidos y sobre todo batiburrillo variado de ese que nunca falta en el sudeste asiático. Nos dimos un paseo por ella, todavía aturullados por el calor y el viaje, esquivando coches, motos, caballos, bicitaxis, hombres orquesta, turistas… la locura. A mí personalmente no me van mucho estos saraos, porque al final los puestos son los mismos clonados hasta el infinito y pasas más tiempo rechazando las insistentes ofertas de vendedores, taxistas y demás que atendiendo a lo que ves, pero bueno, yo sé que esos sitios son muy populares.

Aquí comimos por primeras vez en un warung local, que son puestos de comida donde la gente del país suele hacer sus comidas. Si sois muy escrupulosos igual no os emocionan, pero la comida es buena y barata. Comimos cómo no, un nasi goreng, o arroz con pollo.

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Una de las cosas que nos sorprendió de la ciudad es que no parecía ser fácil cambiar dinero. Casi todo son bancos para sacar del cajero, pero muy pocas casas de cambio. El primer día tiramos con el cambio del taxi y al siguiente nos dispusimos a patear por Malioboro hasta dar con una oficina de cambio. Nos recomendaron varias personas una que se encuentra junto al hotel Inna Garuda. Está muy cerca de la estación de tren, oficina color verde y es estupenda. Muy profesional y con muy buen cambio. Así que solventado ese problema nos dispusimos a buscar una tarjeta 4G para el teléfono. Es muy cómodo disponer de datos móviles, entre otras cosas por el Google Maps. Habíamos leído que la mejor empresa es la Telkomsel con su tarjeta Simpati. La encontramos enseguida en uno de los centros comerciales de Malioboro St. Está hacia la mitad de la calle, a la parte izquierda viniendo desde el Kraton. Se llama Ramai Mall y tiene en sus bajos un Dunkin Donuts, además de un supermercado donde comprar agua o lo que necesites. En la segunda planta (o tercera, porque les gustan a ellos las plantas y media) encontrareis un puesto donde adquirir esa tarjeta. El propio dependiente os la configura y a nosotros nos salió por 65.000 IDR una tarjeta de 4Gb de datos válida durante un mes. Lo que vienen siendo 4.50€, una ganga. Creo que el precio “oficial” de esa tarjeta es de 60.000 IDR y las otras 5.000 son la comisión que se lleva la tienda. Nos pareció muy justa, aunque hemos leído en otros blogs y diarios de viaje que cada vendedor cobra lo que le da la gana, ya que al parecer no hay establecimientos propios de la empresa y solo se vende a comisión y es lógico que el vendedor lleve una ganancia razonable, que muchas veces se acaba pasando tres pueblos. Así que ya sabéis donde conseguirla a buen precio.

Intentamos ver el Kraton y el Palacio del Agua o Taman Sari. Resulta que fuimos en viernes y estaba cerrado por motivos religiosos o eso nos dijeron. A saber si era verdad, aquí mienten más que hablan. Así que vimos el Kraton por fuera (no me pareció gran cosa) y por el camino nos interceptó uno de esos “amables” guías turísticos que se ofreció a enseñarnos una academia de batik donde nos iban a explicar como se hacían esos tejidos, todo ello sin ánimo de lucro, claro, solo por preservar la cultura y tradición. Nos llevó a una casa tendejón donde había una señora con cara de sopor haciendo como que trabajaba en la tela. Otro hombre nos explicó cómo añadían las capas de color cubriendo con cera las partes que no debían teñir y luego nos pasó a la exposición donde intentó vendernos alguno. Nos escaqueamos amablemente y como ya estábamos hartos del calor, de esquivar historias y de patear aquellos laberintos, nos fuimos. Lo que sí observamos fue otro monumento muy característico de la ciudad, el Tugu, donde además se reúnen a festejar las noches de los sábados con música en directo, puestos de comida y bailan esquivando el tráfico, todo una locura, como son un poco las cosas aquí. Lo pasamos muy bien y comimos genial, unos pinchitos con arroz y te con hielo. Aquí el te sabe a jazmín!

Sin embargo lo que nadie se puede perder de Yogyakarta son los templos de Borobudur y Prambanan. No son baratos, siempre desde el punto de vista de la zona, ya que comparados con los museos europeos no son tan caros, pero nosotros pagamos 400.000 IDR cada uno por la entrada combinada para ambos templos, válida para dos días consecutivos. Preguntad por ella en la taquilla de cualquiera de ellos, aunque no se anuncie mucho la venden sin problema. El precio oficial nuevamente se supone de 32$, pero ellos redondean a su manera, ya que cobran en rupias.

A dichos templos se debe acceder con pantalón largo, aunque en la entrada te prestan un pareo para cubrirte si has ido de corto. Hace un calor infernal a cualquier hora del día. Cuenta la leyenda que si vas a las 6 de la mañana, que es la hora a la que abren sus puertas, hace menos calor y no hay casi gente. Yo, que soy de las que tienen que salir de la cama con palanqueta, no he podido confirmarlo.

Primero fuimos a Prambanan, porque era el que me parecía más bonito y quería verlo sin falta, no fuera que me diera un pampurrio en el otro y me quedara sin él. Es de influencia jemer y es una pasada. Consta de tres zonas. La principal, a la entrada, con las edificaciones más grandes y espectaculares, otros edificios laterales más pequeños y luego el último al fondo con una arquitectura más budista. Por más que el calor me aporreaba es tan espectacular que merece la pena mil veces. Para llegar al templo hay que coger la linea de TransJogja  1A hasta el final del recorrido. Hay que caminar un poco pero está todo bien indicado. A no ser que seáis muy vagos o no podáis caminar, no hace ninguna falta coger un bicitaxi, se llega fácil. Para volver, se coge el mismo autobús. No tiene pérdida.

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Al día siguiente fuimos a Borobudur. De alguna forma el día anterior para ir a Prambanan me levanté como un zombie a las 6 y media de la mañana, rehice las dos maletas, me vestí como pude, bajé a desayunar, me lo tomé con calma, volví a subir, di vueltas por la habitación como un hamster y al final conseguí salir del hotel a las 8. Así que decidí que a Borobudur iba a ir mucho antes porque el viaje era más largo y para no pasar tanto calor. Entonces me levanté a las 6 de la mañana todo lo dinámica que pude, me vestí con lo que había preparado la noche antes, bajé a desayunar con diligencia, subí a lavar los dientes y a coger el bolso y la cámara y… conseguí salir del hotel a las 8. El tiempo es una dimensión que a veces no consigo comprender. Total que fuimos a coger la línea 2B, aunque también se puede coger el 2A para llegar. Todo depende de la que mejor os quede desde vuestro hotel, ya que tienen varias paradas a lo largo de la ciudad. Hay que ir de nuevo hasta el fin de línea, que es la estación de Jombor. Ahí preguntais para ir a Borobudur (esquivando los taxis y bicitaxis si queréis seguir el camino barato) y os arrearán como el ganado hacia un bus de cuando se inventó la rueda al grito de Borobudurborobudurborobuduuur, porque una característica graciosa de la gente de esta parte del mundo es que tienen una cachaza increíble pero les encanta meter prisa a los guiris. Para nada, porque luego el bus tardó un cuarto de hora en salir y hasta dio tiempo a que se subiera uno con una guitarra a cantarnos algo por la voluntad.

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Después de un trayecto infernal de cerca de una hora sentados dos en unos asientos para persona y media si tienes un culo de tamaño caucásico medio o superior, con el único aire acondicionado de la puerta abierta, llegamos a la última parada. Allí se os acercarán de nuevo los de los bicitaxis a comunicaros que el templo queda muy lejos y que lo mejor es contratar sus servicios. Está a 500 metros justos de ahí así que, como de costumbre, ni caso. Encontrar la entrada es muy sencillo, pero si contais con la ayuda del GPS o una aplicación maps, pues más fácil. Y luego nada, a caminar al sol, a trepar escaleras, a torrarse y a disfrutar, porque es precioso.

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Seguramente habréis leído que en ambos templos se os acercará la gente a importun… digooo a pediros que os saquéis fotos con ellos, cual famoso o también hordas de estudiantes a haceros una entrevista en lo que se supone inglés. Yo soy particularmente arisca y poco sociable, así que os podéis imaginar que no era mi actividad favorita, con ese calor, el pateo que tenía por delante, la gana de sacar fotos tranquila y demás, pero francamente la mayoría son niños o gente que te lo pide tan amable y educadamente que la verdad es que acabas accediendo a todo ello con tu mejor sonrisa con lo que la excursión se hace eteeeeeernaaaaaaa y agotadoooraaaaaaa. Para qué querrán una foto con gente corriente y moliente? Nunca lo sabré pero el hecho es que salgo en tropecientas.

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Os he comentado antes que el autobús llega al aeropuerto, pero no todo podía ser tan bonito. A poco que el autobús vaya con gente el revisor no os dejará subir si vais con maletas y el siguiente puede tardar bastante en llegar. Eso nos pasó a nosotros y acabamos teniendo que coger un taxi. Así que si queréis intentar la opción del bus, probad con tiempo de sobra para el plan B.

Y creo que no puedo contar nada más de esta ciudad. Que me gustó mucho. La gente es tranquila y agradable, el ambiente es seguro y alegre y merece mucho la pena pasar unos días aquí y no ceñirse solo a Bali.

Recetina de fiesta: Pan de muertos

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A pesar de que últimamente se ha popularizado un montón la celebración de Halloween, hay muchas otras formas de celebrar la última noche de octubre o el primer día de noviembre. Una de ellas es por supuesto el Día de todos Los Santos como tradición nuestra y otra muy interesante es el Día de Muertos, en México.

Montan una serie de altares cubiertos de flores en honor a sus muertos, con pequeñas calaveras de azúcar, velas, fotos y otras ofrendas y es sumamente colorido y bonito. Si tenéis la oportunidad de visitar el país en esas fechas, no dudéis en acudir a algún pueblo en los que lo celebren. Yo estuve en Tulum hace dos años y no imagináis lo que me gustó.

Una de las recetas que preparan en esas fechas es el conocido como Pan de muertos. Es un pan dulce muy tierno que adornan con pegotes de masa imitando huesecillos. Es un pan laborioso porque se amasa a mano y las masas blandas tipo brioche dan bastante trabajo, pero el resultado merece la pena.

Ingredientes:

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  • Tres tazas de harina de fuerza. Yo usé harina normal y me llevó una taza más. Recomiendo usar harina de fuerza o bajar un poquito la cantidad de leche.
  • 240 ml. de leche.
  • Ralladura de una naranja.
  • Una cucharada de extracto de vainilla.
  • 3/4 de taza de azúcar.
  • 100 gramos de mantequilla.
  • 2 huevos medianos.
  • Levadura de panadería. Un bloque o 15 gramos de levadura seca.
  • Una cucharilla de sal.
  • Mantequilla y azúcar adicionales para adornar.

Preparación:

Lo primero es coger parte de la leche y calentarla un poco hasta que esté tibia. No la vayáis a dejar caliente porque la levadura morirá. Cuando esté a la temperatura adecuada, le disolvéis dentro la levadura y añadís dos cucharadas de la harina, dos cucharadas del azúcar, todo ello de la receta y lo mezcláis bien. Apartáis en un lugar cálido para que la levadura se active y comience la fermentación.

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A continuación se mezcla la harina con los huevos. Se añade la mantequilla a temperatura ambiente, la sal, el azúcar restante, la vainilla y la ralladura de naranja y se mezcla bien. Por último se añade la leche hasta que consigáis una textura de masa. Yo intenté hacerlo con la kitchen aid y aquello no cogía cuerpo ni queriendo y tuve que ponerle más harina aunque fuera para que absorbiese algo de todo el líquido. Hay que darle un buen amasado a mano, pero bueno, yo me salté ese paso y terminé con una masa blanda.

Al cabo de 15 o 20 minutos la esponja hecha con la levadura activada ya habrá crecido y burbujeado y se añade a la masa que habéis hecho anteriormente. Y aquí señores empieza el caos y la destrucción. Os vais a ver, con una masa blanda y pegajosa no, con un ectoplasma digno de los cazafantasmas. No tengo ni fotos del proceso porque de verdad que en ese momento en vez de la cámara quería coger una bayeta y mandarlo todo al cuerno. Sin embargo ya había hecho ese tipo de masas alguna vez antes y en un acto de fe continué pegándome con ella, confiando en que el gluten espabilase un poco. Porque hay que pegarse, hay que coger la masa como se pueda y estrellarla contra la meseta. Así el gluten se desarrolla y la masa regula un poco su temperatura. No desesperéis. Aunque se os haga imposible que eso termine en algo decente, seguid dándole. Si tenéis experiencia en masas iréis observando sutiiiiiles cambios que os indicarán que la cosa va por buen camino. Hay que seguir y seguir peleando, dando leña, estrujando, amasando, restregando, golpeando y lanzando la masa una y otra vez. Conviene ayudarse con una rasqueta de panadero. A mí me llevó casi media hora de lucha, pero al final conseguí una bola de masa brillante y elástica. Y aun tenía que haber amasado más, pero ya estaba hasta la coronilla. Seguramente si el primer amasado lo hubiera hecho también a mano, me hubiera ido mejor.

Total, que cogéis vuestra masita y la ponéis en un cuenco a fermentar hasta que doble su volumen. Yo la metí en el horno cubierta con un paño húmedo con la temperatura más baja posible, vamos, lo justo para que el termostato se encienda pero que no llegue ni a 50º. Al cabo de unos minutos apagáis y dejáis la masa ahí guardada unos 45 minutos.

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Cuando haya doblado su volumen (o más que doblado!), coged trozos de masa y le dais forma redonda, de bollo. Con parte de la masa hay que hacer unos churros y poco a poco vais separando los dedos y dejando que la masa deslice entre ellos para hacer como unos abultamientos que será el adorno de “huesos”. Los ponéis sobre el pan en forma de cruz y rematáis con una bolita de masa. Se ponen los bollos de nuevo a fermentar. Si usáis la técnica del horno tibio, con 20 minutos será bastante. Pasado este tiempo sacad los bollos y subid la temperatura del horno a 180º y se deja así unos minutos para que coja la temperatura. Se introducen de nuevo los bollos y se dejan cocinar sobre 20 a 25 minutos, dependiendo del tamaño.

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Para terminar se derrite un poco de mantequilla y se pintan los bollos ya cocinados con ella y se espolvorea bien con azúcar. Ya veréis qué olor y qué pinta. Todo el trabajo de amasado habrá valido la pena. Mirad qué miga más esponjosa y son tiernos y deliciosos.

Así que si os animáis con esta receta, qué cosa mejor para merendar o desayunar en estas fechas, no olvidéis subir la foto a Instagram etiquetándola con el tag #recetinaenrosa o hacédmelo saber en vuestros comentarios. Buen provecho!

Recetina: Curry de garbanzos y calabaza.

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Aunque nunca he estado en la India, me vuelven loca las recetas de curry que he ido probando. No sé hasta qué punto serán auténticas, ya que esas cosas hay que catarlas primero “in situ” para saber a qué tienen que saber, pero sea como sea, son platos que me gustan mucho.

Anteriormente os puse una receta de curry de lentejas y hoy toca hacerlo de garbanzos. Me gustan mucho las legumbres, tanto de forma tradicional según las recetas de las madres y abuelas que llevamos disfrutando desde peques, como cualquier otra preparación procedente de otras culturas, como ocurre con este plato. En la India hay mucha población vegetariana y emplean las legumbres como una forma de enriquecer sus platos en proteínas y otros nutrientes, ya que son muy sanas y completas.

Yo no soy vegetariana ni vegana, pero eso no me impide apreciar preparaciones que sí lo sean, como es esta receta, en la que seguro que no echaréis de menos la carne en ningún momento.

Ingredientes:

  • Un bote grande de garbanzos cocidos o 400 gramos de garbanzos cocidos por vosotros.
  • 400 gramos de calabaza troceada en daditos.
  • Una cebolla grande o dos pequeñas
  • 4 dientes de ajo.
  • Pasta de curry, curry en polvo o especias al gusto.
  • 4 o 5 tomates pequeños o 2 o 3 grandes.

Preparación:

Lo primero es picar el ajo y media cebolla finamente y ponerlos a sofreír con un poquito de aceite. Cuando ya estén pasaditos, se le añade una cucharada de pasta de curry, aunque la cantidad va al gusto, si os gusta más fuerte o menos. Yo suelo emplear pasta de curry porque me resulta mucho más cómoda, pero si no la encontráis o preferís utilizar polvo de curry o cualquier receta que conozcáis combinando especias, sirve perfectamente. Lo que es importante es que el curry sea estilo indio, ya que si usáis curry tailandés, el sabor de la receta variará bastante.

Tras freír unos instantes la pasta de curry se le añade la otra media cebolla y los tomates, todo ello bien rallado o picado muy muy fino y se deja cocinar unos 5 minutos. Yo en este punto le puse un poco de canela, porque me apetecía darle un toque aun más aromático, pero vosotros podéis añadir las especias que más os gusten. Posteriormente se añaden los dados de calabaza y los garbanzos y un vaso de agua, aunque eso va a variar según lo caldoso que queráis el plato. Yo lo quiero de cuchara, así que le he puesto un vaso entero. Se deja cocinar todo junto 20 minutos más o hasta que la calabaza esté tierna y ya está listo para comer.

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Yo utilicé en esta ocasión pasta de curry korma, que es bastante picante, pero hay muchas variedades con distintos grados de picante, para que adaptéis la receta a vuestros gustos.

Pues eso es todo. Si os animáis a probarla y os apetece hacerle una foto, no olvidéis etiquetarla con el hashtag #recetinaenrosa para que pueda verla. Buen provecho!

A coger sol!!

How

Pero con seguridad y precaución. Es cierto que cada vez estamos todos más concienciados con los peligros de la exposición al sol. No debemos olvidar que la incidencia de cáncer de piel avanza y hay que cuidarse mucho. Pero también es cierto que el sol es fuente de vitamina D y que con las precauciones adecuadas podemos disfrutar de él en la playa o en la piscina durante el verano.

Todo esto que expongo aquí no tiene nada de nuevo y pueden ser obviedades, pero conviene recordarlo y tenerlo siempre presente, porque nos estamos jugando no solo la belleza de nuestra piel, si no también su salud, que es lo más importante.

  • En estos tiempos y en estas épocas del año en el que las radiaciones solares son más intensas, creo que es vital no exponerse sin crema, por supuesto y además con una crema de alto Factor de Protección Solar (FPS). Yo utilizo siempre crema de 30 FPS como mínimo y en caso de exposiciones prolongadas, de FPS 50. Hay índices menores en el mercado y creo que pueden ser adecuados para el día a día, por ejemplo, pero si vamos a la playa o a una excursión al sol, yo no me aplicaría menos de factor 30, aun siendo una persona de piel morena. Hay que recordar reaplicar la crema con frecuencia, siguiendo las instrucciones que señala de periodos de aplicación y demora antes de exponerse a la radiación solar.
  • La crema no lo protege todo. Hay horas del día o bien si se va a pasar mucho tiempo al sol, es conveniente protegerse más, bien sea pasando esas horas a la sombra o incluso cubriéndonos con prendas. Hoy en día hay tejidos que protegen de los rayos UVA. Imprescindibles para niños pequeños, a los que a veces es difícil apartar del agua en verano. Utilizar también gorro o sombrero para evitar insolaciones y golpes de calor. Y también hidratarse mucho y bien a lo largo del día, no solo cuando tengamos sed.
  • Mucho cuidado con las sombrillas. Filtran mucha radiación, pero no toda. Cuidado con pasar el día en la playa porque son muchas horas de exposición a los rayos solares, que sumadas en todas las vacaciones pueden poner en riesgo a la larga nuestra piel. Es mejor aprovechar las horas centrales del día, en las que la radiación es más intensa para acercarse a la sombra de un chiringuito para comer, tomarse un helado o llegarse hasta casa para comer y hasta dormir la siesta. Seguro que aun así quedan suficientes horas de playa!
  • A pesar de que casi todas las marcas blancas disponen de linea solar, yo prefiero los productos de marcas “de siempre” de productos solares, ya sean de farmacia, de perfumería o de supermercado. No porque sean más eficaces o porque los productos de marca blanca protejan mal. Hoy en día los filtros solares son de sobra conocidos y además esos productos pasan exhaustivos controles de calidad y seguridad. Pero, al menos según mi experiencia personal, suelen ser productos que en altos factores son difíciles de extender convenientemente, con el riesgo de que quede alguna zona desprotegida. Las marcas punteras suelen innovar más y conseguir texturas más ligeras, de fácil absorción y aplicación, lo que hará más confortable nuestra experiencia y además evitará que sintamos esa pereza de “pringarnos” con crema frecuentemente. Muchas veces la diferencia de precio no es tan exagerada y merece la pena ser tenido en cuenta.
  • Una cosa al tener en cuenta, sobre todo si sois de las que no paráis quietas, como yo, es aplicar la crema bien por debajo de las líneas del bikini. El motivo es que si la aplicáis al ras cuando lo tenéis muy compuestito, cuando empecéis a moveros, a hacer snorkel, jugar a las palas, nadar o corretear, el bikini se moverá y dejará expuesta al sol una zona de piel sin protección y eso os arriesga a sufrir una quemadura, sí, mi culo lo sintió en sus carnes! Así que yo ahora me aplico la crema desnuda (en casa, claro, en la playa no XD) y excedo con bastante la línea que protege el bikini. Y para no pringarlo todo de crema grasienta, me la aplico dentro de la bañera, así que si se cae alguna gota, se limpia muy fácilmente: vagonsejo solar.
  • Ahora es cuando viene otro truco del almendruco de mi cosecha. ADVERTENCIA: no tengo ningún test de seguridad hecho más allá de mi propia experiencia personal y no recomiendo a nadie que lo haga. Como mínimo consultadlo antes con vuestro médico o dermatólogo. El caso es que este invierno me compré una crema de esas de marca blanca de protección 50, porque en ese momento me urgía y era lo que había a mano. La crema en cuestión era como engrudo, hasta tal punto que enseguida atascó el aplicador y no había forma de extraerla del bote. Al llegar a casa iba a tirarla, porque era difícil sacarla del bote, ya que era tan espesa que ni volcándolo salía a no ser a pegotes. Así que se me ocurrió probar a mezclarla con un poco de agua y ponerla en un bote vacío con su aplicador. En un principio parecía que la crema y el agua no se combinaban, pero al cabo de unos días de reposo la crema estaba homogénea. Así que la utilicé. Aunque era de 50 FPS y le añadí poca cantidad de agua, no creo que la diluyera más de un 20%, no me voy a arriesgar a utilizarla para la playa o largas exposiciones, sino que la estoy utilizando en la terraza de casa, que no paso demasiado tiempo al sol. Y la verdad es que funciona. No me he quemado nada y ha cumplido su cometido. Eso sí, con esta crema “casera” es importante extremar las precauciones a la hora de aplicarla en abundancia y sobre todo esperar al menos media hora antes de exponerse al sol para que la piel absorba el agua de más y el filtro solar se estabilice y comience a actuar. Así que si os veis en un caso semejante y os da pena tirar la crema, podéis probar a hacer lo mismo, aunque yo la aprovecharía para cortos periodos de exposición, por si acaso. A mí me viene de perlas porque es raro que pase más de una hora al sol en casa y creo que aun diluido, el FPS es suficiente. Pero mucho cuidado con eso y en caso de duda, mejor utilizar la crema comprada tal cual.

Eso es todo por el momento. Mucho cuidadito, más vale coger un bronceado ligero a lo largo del verano que hacer ninguna locura y recordad que una piel bonita es una piel sana.