Yogyakarta

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A pesar de que no fue nuestro primer destino en este viaje por el sudeste asiático, voy a dedicar mi primera entrada del blog a Yogyakarta. Entramos en Yogyakarta o Yogya, como ellos mismos abrevian, desde Kuala Lumpur, concretamente en un vuelo de Air Asia procedente del aeropuerto KLIA 2, que es desde donde operan las líneas low cost en la capital de Malasia. La llegada al aeropuerto sorprende porque es bastante pequeño y “cutre”, si queremos decirlo así. Después de recoger las maletas de una cinta de la que se caía un equipaje de cada tres y había que ir a pescarlo al suelo, salimos de la terminal y vimos en el recibidor de la misma un mostrador de taxis oficiales, es decir, de los que no se regatean y supuestamente no te timan. Esperábamos ver en el aeropuerto una oficina de cambio para hacernos con rupias y para nuestra sorpresa no había. Así se lo explicamos a la señora del mostrador de los taxis y oh maravilla! ella nos podía cambiar. Así que pagamos con un billete de 20€ la carrera y nos devolvió 190.000 rupias (IDR). Bien, no? Pues no está mal, pero por si vosotros ya contáis con rupias, os comento que hay una empresa de autobuses, llamémoslos urbanos, la Trans Jogja, que comunica estupendamente el aeropuerto con gran parte de la ciudad, así como con los templos de Borobudur y Prambanan. El precio de cada viaje es de 3500 rupias, o sea, casi nada y son autobuses modernos y bien organizados. Aquí os dejo el mapa, aunque no dudéis en preguntar al personal de las paradas, que son muy amables.

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Uno de los principales atractivos para los turistas en Yogya es la calle Malioboro, que es una especie de mercadillo enloquecedor. En esa calle hay desde puestos callejeros, hasta centros comerciales, bancos, puestos de comida, grandes cadenas de fast food, por si no sois intrépidos y sobre todo batiburrillo variado de ese que nunca falta en el sudeste asiático. Nos dimos un paseo por ella, todavía aturullados por el calor y el viaje, esquivando coches, motos, caballos, bicitaxis, hombres orquesta, turistas… la locura. A mí personalmente no me van mucho estos saraos, porque al final los puestos son los mismos clonados hasta el infinito y pasas más tiempo rechazando las insistentes ofertas de vendedores, taxistas y demás que atendiendo a lo que ves, pero bueno, yo sé que esos sitios son muy populares.

Aquí comimos por primeras vez en un warung local, que son puestos de comida donde la gente del país suele hacer sus comidas. Si sois muy escrupulosos igual no os emocionan, pero la comida es buena y barata. Comimos cómo no, un nasi goreng, o arroz con pollo.

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Una de las cosas que nos sorprendió de la ciudad es que no parecía ser fácil cambiar dinero. Casi todo son bancos para sacar del cajero, pero muy pocas casas de cambio. El primer día tiramos con el cambio del taxi y al siguiente nos dispusimos a patear por Malioboro hasta dar con una oficina de cambio. Nos recomendaron varias personas una que se encuentra junto al hotel Inna Garuda. Está muy cerca de la estación de tren, oficina color verde y es estupenda. Muy profesional y con muy buen cambio. Así que solventado ese problema nos dispusimos a buscar una tarjeta 4G para el teléfono. Es muy cómodo disponer de datos móviles, entre otras cosas por el Google Maps. Habíamos leído que la mejor empresa es la Telkomsel con su tarjeta Simpati. La encontramos enseguida en uno de los centros comerciales de Malioboro St. Está hacia la mitad de la calle, a la parte izquierda viniendo desde el Kraton. Se llama Ramai Mall y tiene en sus bajos un Dunkin Donuts, además de un supermercado donde comprar agua o lo que necesites. En la segunda planta (o tercera, porque les gustan a ellos las plantas y media) encontrareis un puesto donde adquirir esa tarjeta. El propio dependiente os la configura y a nosotros nos salió por 65.000 IDR una tarjeta de 4Gb de datos válida durante un mes. Lo que vienen siendo 4.50€, una ganga. Creo que el precio “oficial” de esa tarjeta es de 60.000 IDR y las otras 5.000 son la comisión que se lleva la tienda. Nos pareció muy justa, aunque hemos leído en otros blogs y diarios de viaje que cada vendedor cobra lo que le da la gana, ya que al parecer no hay establecimientos propios de la empresa y solo se vende a comisión y es lógico que el vendedor lleve una ganancia razonable, que muchas veces se acaba pasando tres pueblos. Así que ya sabéis donde conseguirla a buen precio.

Intentamos ver el Kraton y el Palacio del Agua o Taman Sari. Resulta que fuimos en viernes y estaba cerrado por motivos religiosos o eso nos dijeron. A saber si era verdad, aquí mienten más que hablan. Así que vimos el Kraton por fuera (no me pareció gran cosa) y por el camino nos interceptó uno de esos “amables” guías turísticos que se ofreció a enseñarnos una academia de batik donde nos iban a explicar como se hacían esos tejidos, todo ello sin ánimo de lucro, claro, solo por preservar la cultura y tradición. Nos llevó a una casa tendejón donde había una señora con cara de sopor haciendo como que trabajaba en la tela. Otro hombre nos explicó cómo añadían las capas de color cubriendo con cera las partes que no debían teñir y luego nos pasó a la exposición donde intentó vendernos alguno. Nos escaqueamos amablemente y como ya estábamos hartos del calor, de esquivar historias y de patear aquellos laberintos, nos fuimos. Lo que sí observamos fue otro monumento muy característico de la ciudad, el Tugu, donde además se reúnen a festejar las noches de los sábados con música en directo, puestos de comida y bailan esquivando el tráfico, todo una locura, como son un poco las cosas aquí. Lo pasamos muy bien y comimos genial, unos pinchitos con arroz y te con hielo. Aquí el te sabe a jazmín!

Sin embargo lo que nadie se puede perder de Yogyakarta son los templos de Borobudur y Prambanan. No son baratos, siempre desde el punto de vista de la zona, ya que comparados con los museos europeos no son tan caros, pero nosotros pagamos 400.000 IDR cada uno por la entrada combinada para ambos templos, válida para dos días consecutivos. Preguntad por ella en la taquilla de cualquiera de ellos, aunque no se anuncie mucho la venden sin problema. El precio oficial nuevamente se supone de 32$, pero ellos redondean a su manera, ya que cobran en rupias.

A dichos templos se debe acceder con pantalón largo, aunque en la entrada te prestan un pareo para cubrirte si has ido de corto. Hace un calor infernal a cualquier hora del día. Cuenta la leyenda que si vas a las 6 de la mañana, que es la hora a la que abren sus puertas, hace menos calor y no hay casi gente. Yo, que soy de las que tienen que salir de la cama con palanqueta, no he podido confirmarlo.

Primero fuimos a Prambanan, porque era el que me parecía más bonito y quería verlo sin falta, no fuera que me diera un pampurrio en el otro y me quedara sin él. Es de influencia jemer y es una pasada. Consta de tres zonas. La principal, a la entrada, con las edificaciones más grandes y espectaculares, otros edificios laterales más pequeños y luego el último al fondo con una arquitectura más budista. Por más que el calor me aporreaba es tan espectacular que merece la pena mil veces. Para llegar al templo hay que coger la linea de TransJogja  1A hasta el final del recorrido. Hay que caminar un poco pero está todo bien indicado. A no ser que seáis muy vagos o no podáis caminar, no hace ninguna falta coger un bicitaxi, se llega fácil. Para volver, se coge el mismo autobús. No tiene pérdida.

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Al día siguiente fuimos a Borobudur. De alguna forma el día anterior para ir a Prambanan me levanté como un zombie a las 6 y media de la mañana, rehice las dos maletas, me vestí como pude, bajé a desayunar, me lo tomé con calma, volví a subir, di vueltas por la habitación como un hamster y al final conseguí salir del hotel a las 8. Así que decidí que a Borobudur iba a ir mucho antes porque el viaje era más largo y para no pasar tanto calor. Entonces me levanté a las 6 de la mañana todo lo dinámica que pude, me vestí con lo que había preparado la noche antes, bajé a desayunar con diligencia, subí a lavar los dientes y a coger el bolso y la cámara y… conseguí salir del hotel a las 8. El tiempo es una dimensión que a veces no consigo comprender. Total que fuimos a coger la línea 2B, aunque también se puede coger el 2A para llegar. Todo depende de la que mejor os quede desde vuestro hotel, ya que tienen varias paradas a lo largo de la ciudad. Hay que ir de nuevo hasta el fin de línea, que es la estación de Jombor. Ahí preguntais para ir a Borobudur (esquivando los taxis y bicitaxis si queréis seguir el camino barato) y os arrearán como el ganado hacia un bus de cuando se inventó la rueda al grito de Borobudurborobudurborobuduuur, porque una característica graciosa de la gente de esta parte del mundo es que tienen una cachaza increíble pero les encanta meter prisa a los guiris. Para nada, porque luego el bus tardó un cuarto de hora en salir y hasta dio tiempo a que se subiera uno con una guitarra a cantarnos algo por la voluntad.

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Después de un trayecto infernal de cerca de una hora sentados dos en unos asientos para persona y media si tienes un culo de tamaño caucásico medio o superior, con el único aire acondicionado de la puerta abierta, llegamos a la última parada. Allí se os acercarán de nuevo los de los bicitaxis a comunicaros que el templo queda muy lejos y que lo mejor es contratar sus servicios. Está a 500 metros justos de ahí así que, como de costumbre, ni caso. Encontrar la entrada es muy sencillo, pero si contais con la ayuda del GPS o una aplicación maps, pues más fácil. Y luego nada, a caminar al sol, a trepar escaleras, a torrarse y a disfrutar, porque es precioso.

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Seguramente habréis leído que en ambos templos se os acercará la gente a importun… digooo a pediros que os saquéis fotos con ellos, cual famoso o también hordas de estudiantes a haceros una entrevista en lo que se supone inglés. Yo soy particularmente arisca y poco sociable, así que os podéis imaginar que no era mi actividad favorita, con ese calor, el pateo que tenía por delante, la gana de sacar fotos tranquila y demás, pero francamente la mayoría son niños o gente que te lo pide tan amable y educadamente que la verdad es que acabas accediendo a todo ello con tu mejor sonrisa con lo que la excursión se hace eteeeeeernaaaaaaa y agotadoooraaaaaaa. Para qué querrán una foto con gente corriente y moliente? Nunca lo sabré pero el hecho es que salgo en tropecientas.

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Os he comentado antes que el autobús llega al aeropuerto, pero no todo podía ser tan bonito. A poco que el autobús vaya con gente el revisor no os dejará subir si vais con maletas y el siguiente puede tardar bastante en llegar. Eso nos pasó a nosotros y acabamos teniendo que coger un taxi. Así que si queréis intentar la opción del bus, probad con tiempo de sobra para el plan B.

Y creo que no puedo contar nada más de esta ciudad. Que me gustó mucho. La gente es tranquila y agradable, el ambiente es seguro y alegre y merece mucho la pena pasar unos días aquí y no ceñirse solo a Bali.

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